A falta de remeras o de gorras con las caras o consignas de los candidatos al Congreso, abundan los disfraces. La Noche de Brujas estadounidense, la tradicional Halloween (heredera de la fiesta pagana celta del Samhaim, con la que se recibía el año nuevo), se celebró el fin de semana previo a los comicios. Se vio de todo en las calles de Washington: desde los tradicionales trajes de calavera hasta una extraña pollera larga de abalorios como única vestimenta de un muchacho de 20 o 22 años, que intenta desmentir el frío atardecer de la capital.
El desfile es, casi, interminable. Emulos de Johnny Depp y su simpático pirata; toda clase de gorros y sombreros imaginables (predominan los colores de la bandera nacional); dibujos animados que caminan dificultosamente por lo aparatoso de sus trajes; enfermeras, policías y porristas de alta bota y corta falda; falsos Papa y las infaltables brujas reproducidas al detalle adornan las calles céntricas, con Chinatown como pasarela improvisada.
No se los encontrará hablando de plataformas ni de postulantes, porque el ciudadano del Distrito de Columbia (donde se encuentra Washington) sufre una situación especial dentro de su país. No habrá cuartos oscuros el martes en esta populosa ciudad, que paga el privilegio de alojar a los tres poderes del Estado, con presencia sensiblemente menguada en el Congreso.
Así, los washingtonianos no tienen senadores que representen y defiendan sus intereses y su único diputado sólo tiene derecho a hablar, pero no puede votar ningún proyecto en la Cámara Baja.
¿Qué hace, entonces, el ciudadano que quiera participar en la elección? Cambia de lugar. El sistema electoral estadounidense es de sufragio voluntario, y exige que el que quiera participar se inscriba antes de cada llamado a las urnas.
Pero puede anotarse en cualquier circuito electoral, de cualquier distrito, sin que sea necesario realizar cambio de domicilio previo, como en la Argentina: basta una declaración de voluntad de que se quiere votar en cualquier lugar y hacerlo.
Cambio constante
El mapa electoral se modifica, entonces, elección tras elección. Para esta ocasión, los demócratas de Washington decidieron enrolarse en la vecina Virginia, a escasos minutos al Oeste en el punto más cercano (de hecho, el Pentágono está ubicado en ese distrito). La opción no fue espontánea: se calcula que la pelea por la victoria entre oficialistas y opositores en ese Estado puede llegar a desnivelar el fiel de la balanza (el otro distrito clave, según los expertos, es Miami).
No muchos de los alrededor de 580.000 habitantes de la capital decidieron hacer los trámites; los cálculos más optimistas del oficialismo hablan de entre 10.000 y 15.000 simpatizantes demócratas que se trasladarán a algún punto de la extensa Virginia para defender el proyecto del presidente de EEUU, Barack Obama.
Los más comprometidos (la mayoría) se organizó para ir hasta la populosa Virginia Beach, cuyo caudal electoral sería determinante; para ello, tendrán que recorrer casi 250 kilómetros de ida y otros tantos de vuelta. Todo sea por el compromiso con un proyecto. El complejo mecanismo electoral contempla una serie de consideraciones -identidad racial, densidad, ubicación de grupos del mismo origen social y otras variantes- que determinan los límites geográficos de cada circunscripción (lo que puede variar cada dos años). Bien distribuida, la cantidad sería suficiente como para obtener el resultado añorado.
"Republicanos locos"
Paul Holder no participará. Este taxista de 56 años, resalta la gestión de Obama y carga contra sus enemigos. "Están locos -afirma, en referencia a los republicanos-. El hace todo lo que puede, pero mucho no lo dejan. Este es un muy buen Gobierno y si no avanza más, es porque debe enfrentarse a mucha resistencia". Enumera como un logro los cambios (políticamente muy costosos) al sistema sanitario estatal, pero reconoce que no se varió la carga tributaria entre los distintos sectores sociales, lo que le preocupa especialmente a la población afroamericana, como él y el propio Obama. "A los republicanos sólo les interesan los negocios y la industria militar, no la gente", concluye.
Michael Croll estudia en la Universidad George Washington e integra el grupo de demócratas que decidió votar para tratar de evitar una derrota; se anotó en un sitio que le queda a una hora de viaje. A sus 23 años, es su primera experiencia de este tipo; y se decidió porque confía en el Presidente. Cuando se retiraba de la impresionante concentración humorística-política convocada el sábado cerca del Capitolio -llamada "Rally to restore sanity and/or fear" y protagonizada por los actores satíricos Jon Stewart y Steve Colbert-, confirmó su participación: "cada uno tiene que hacer lo que pueda, y lo mío será votar porque no se puede detener este cambio".
Mañana viajarán los militantes. Cada uno paga su pasaje y, eventualmente, falta al trabajo o a clases. El compromiso no es rentado, y nadie reclama un resarcimiento económico o la promesa de un empleo estatal. Priman las ganas de ser parte de un proyecto, aunque aún sea una idea embrionaria.